Antes que colectivo: arte colector (con-seguir para seguir con)

Pablo Cottet

 

He leído TUP y la apuesta por el “arte colectivo”, de Ignacio Szmulewicz. Al día siguiente que fuese presentado en este ciclo, he escrito esto, que leo, a propósito.

Sospecho que pasamos a otro momento de la discusión de nuestro trabajo, del trabajo que hacemos desde TUP, pero no es que me interese únicamente discutir nuestro trabajo (aunque, claro, también), ni que esté particularmente alegre de que se haga (lo estoy), sino que me alegra discutir, y en particular de cuestiones como las planteadas por este ciclo, que para eso también hacemos lo que hacemos en TUP.

Decía que sospecho, “sospechar” tal vez sea un modo de manifestar un deseo y las posibilidades de su realización. Algo que en sociología se denomina, tan insípidamente, expectativas. Tengo expectativas, quedo a la expectativa, de las posibilidades para abrir otro momento de discusión de nuestro trabajo, de las condiciones en las éste se inscribe, como de lo que están haciendo otros y otras en lo que Ignacio llama “arte colectivo”, o lo que se llama desde hace un tiempo “arte público” .

Hasta ahora hemos contado con la el interés y dedicación de quienes han prestado atención a nuestro trabajo, como al de otros en estas cuitas. Y puesto ya en este sitio debo agradecer a Virginia Errázuriz, Willy Thayer, Francisco Sanfuentes, Federico Galende, Francisco Brugnolli, Francesca Lombardo, Mario Soro, Nayaret Saúd por sus letras y palabras. Mención especial para Sergio Rojas, que además de letras y voces, nos pasó un dato en el mismo encuentro mencionado por Ignacio como “un año antes”. Allí –en el seminario La ciudad del futuro– Sergio, después de que presentáramos, dijo: “creo que su trabajo se inscribe en el contexto abierto por el Arte Público, y no sé por qué podrían tener problemas con eso.”

Comencé la búsqueda en bibliotecas, así como en la red de redes digitales. Arte público digitaba en las interfaces de búsqueda bibliotecaria, y en los buscadores públicos de la internet . Pasé por los autores que Ignacio cita en las notas a pie de página, y me entero del sub-campo (diríamos), proposiciones interesantes que no me terminan de convencer, aunque entendía mejor lo que me parece ponemos en acto en nuestro trabajo, o queremos poner en acto.

Unos meses después, en otra reunión de este tipo en la que tuve la grata ocasión de conocer a Jorge García de la Cámara y su propuesta de “arte relacional” (a propósito de sub-campo, y en que TUP era interrogado con algunas de esas claves), en ese encuentro -decía- unos meses después del mencionado seminario La ciudad del futuro, aún en el 2007, me volví a encontrar con Sergio Rojas y le pregunto ¿Que quisiste decir con Arte Público la otra vez? “Lo que propone Félix Duque en el libro aquel, Arte público y Espacio Político”, me respondió.

Esta orientación ha sido clave para entender otras cuestiones de lo que hemos hecho y podríamos seguir haciendo en TUP. Y ahora que Ignacio nos ha ofrecido su lectura, me parece que podemos empezar a discutir de las cuestiones que están asociadas a los términos “arte público”. Por eso creo, porque también quiero, que podríamos estar ante otro momento de la discusión del trabajo de TUP, uno en el que comenzáramos a investigar y compartir nuestras preguntas, opiniones y juicios sobre “arte público”, como otro de los flujos del acontecer de las artes visuales en el contexto contemporáneo.

Voy a realizar afirmaciones, usando el expediente de la numeración.

1. Dice Ignacio:

“Al término de su exposición, previo a dar la palabra al público participante, los integrantes del colectivo (nosotros) dejaron muy claro, explícita y tajantemente, su completa desvinculación y rechazo hacia la institución artística, más precisamente, hacia el sistema del arte en Chile[1]: sus conceptos y sus lógicas”

Hablamos aquella vez de INCOMODIDAD, una con lo que Ignacio denomina “institución artística”. Una incomodidad que declaramos, esa vez -y ésta-, como “productiva”. Creo que se trata de lo que –casi al final de su texto, a propósito del primero de sus tres requerimientos- Ignacio propone del siguiente modo: “me parece que hace falta un trabajo que permita pensar críticamente su introducción tensionante, no acomodaticia, en el corpus problemático de la institución”

2. Luego, todavía en la introducción, dice:

“De esta toma de postura inicial se desprende una disposición metodológica a exceder el marco de dicho sistema, pensemos sólo por el minuto en algunos conceptos claves del mismo como: obra de arte, artista, espectador, etc. O también, desbordar los circuitos de legitimación más claros: la galería de arte o el museo.”

Efectivamente, aunque al revés. Es lo que llama “disposición metodológica” la que nos ha llevado a probar posibilidades de exceder algunos marcos y desbordar algunos circuitos. No se trata de transgresión posser (aunque no le tengo mala, no me sienta), sino de inquietud por probar pasar por las fronteras, es una prueba que gusto en entender como nómade. Y lo de “disposición metodológica” es un poco-demasiado, aunque entiendo que pueda ser pensado así, la pienso como un conjunto de intuiciones puestas a trabajar, orientaciones para la acción, que mencionaré luego.

3. En la propuesta de sus dos hipótesis sobre la “acción social”, leo hipótesis no el sentido del diseño experimental de investigación social (“hache-sub-cero”, como se le denomina allí), en el que la hipótesis decide todo el dispositivo de examinación teórico-empírico de un objeto de conocimiento construido bajo la forma de variable (función matemática metáfora de una relación social). No así, entonces, sino más bien como lances de indagatoria en el contexto de las discusiones que nos interesan, del interés en discutir.

4. Se trata de dos hipótesis sobre la acción social que estaría concebida por TUP, o en la que nuestro trabajo se inscribe. La primera: se trata de “arte colectivo”, no de un artista, ni de un colectivo de artistas, sino de la participación extra productores artísticos. La segunda hipótesis, orgánica a la primera, es que tal participación –en tanto acción social–   podría que “genere un rendimiento real en el plano social más que en el sistema artístico” dice, agregando en nota a pie de página la pregunta “¿Puede estar el sistema artístico fuera del plano social?”

5. Respecto de la primera, una nota arqueológica. Hemos andado interesados en la calle y su gente desde hace mucho tiempo, antes que nos convocara Patricio Castro a un Fondart, y antes que nos tomásemos en serio lo de TUP. Y por supuesto antes de que supiésemos de “arte público”. En ese interés por la calle y su gente, siempre atendíamos a preguntas referidas al siguiente asunto: hay algo que hace cualquiera, todo el mundo, por puro andar en la ciudad que es como lo que la práctica artístico-visual destaca, expone. Más aún: hay algo que hace la ciudad, no únicamente se trata de “alguien”, sino de la ciudad como experiencia de maquinismos (Patricio Castro me proponía, hace más de 10 años, que estudiásemos el polvo que se arrincona en las calles, su composición particulada, química). Sabíamos algo de la discusión sobre el apellido aquel -contemporáneo- con el que se mencionaba el arte, y que lo de contemporáneo desbordaba, excedía la alusión temporal (“el arte de ahora”). Pero la cuestión es que hay un estar en la ciudad que concierne a la acción social, que problematiza sus sentidos, y compromete su construcción-expresión visual, su poiésis.

6. Puestos en esta cuestión, que podría glosar bajo la fórmula “siempre nos ha interesado la frontera”, y en varios sentidos, es que más que un lado (el de la acción social que Ignacio llama “trama social de la realidad”) o el otro (que sugiere la condición de acción social presente en la institución/campo artística), nos interesa lo de entremedio. No nos hemos propuesto, y entiendo que eso es distinto que hacerse cargo de lo que efectuamos, es decir de los efectos que pudieran tener nuestras operaciones, pero no nos hemos propuesto realizarlas participativamente para transformar la vida pública, por decirlo rápido. Quizás valga la pena decirlo por defecto: el sentido maestro de nuestro actuar no es transformar la realidad social (en el sentido modernista: partidos, sindicatos, políticas públicas, ciencias sociales, manifiestos artísticos, etc.), en ningún campo o esfera (ni en las poblaciones, ni en la ciudad, tampoco en el arte o la academia). El sentido matricial que le veo a nuestro trabajo puedo decirlo así: realizar ejercicios de re-apropiación de la ciudad.

7. Eso puede entenderse como operaciones en las dimensiones políticas del espacio/tiempo (ciudad). La ciudad que nos interesa la entendemos a la De Certeau, a lo Careri . Lo de re-apropiación lo entiendo no como una disputa por la propiedad, sino por la ocupación. En lugar de decir esto es mío, es nuestro (a lo modernista), me interesa más decir esto lo podemos ocupar, por aquí podemos pasar, hacer la siguiente invitación: ¿Quiénes quieren ocupar pasando por aquí, por la ciudad? Esta es la cuestión nómade: la de la reversibilidad entre el tiempo y el espacio, destacar también las fronteras entre espacio y tiempo, así entiendo lo que me interesa de aquello que nombra ciudad. Hacer fronteras, por pasar por ahí, ocupar pasando. Creo que aquella fórmula de Heidegger, “el espacio espacia”, interesa a lo que hacemos en TUP por lo de re-apropiación pasando.

8. Entonces cuando decimos “acción social”, por supuesto que no estamos hablando de “hacer el bien”, ni caridad, ni asistencialidad (no porque tengamos algún juicio moral contra las damas de color, ay! la pintura), ese deslinde está ejecutado en el texto de Ignacio. Cuando hablamos de “acción social” tampoco estamos en lo que el modernismo, según se nos dice, ha querido hacer: saber del socius, del vínculo constituyente, para dominarlo, para modificarlo a piaccere. Una suerte de extensión del mito moderno: saber de la naturaleza para modificarla. Los proyectos revolucionarios y reformistas, estatales y empresariales, científico-técnicos y artísticos que atravesaron al siglo XX, han participado de ese sentido: la teleología de la “acción social”, su thelos. Me interesa esto otro: la acción social, plástica. La “trama social de la realidad” me interesa como acción social que “modela” lo real sinfín. Lo real se resiste, retorna, insiste, lo social produce, se produce al producir realidad, esa que llamamos histórica. Lo real no termina nunca de no escribirse, lo social en tanto acción escribe que escribe.

9. Es que me parece que se puede tomar en serio eso de que los social es del orden de la acción, no del comportamiento ni de la conducta. La acción es siempre histórica, es decir está sujeta al sentido, y el sentido es del orden de captura y obsequio. Los vivientes saben de captura, no de obsequios. La historia permite saber de la frontera entre ambos, los contratos intentan situarse al medio de la captura y el don, transacción, regulación de intercambio, cultura (Levi-Strauss): subsistemas de intercambio de objetos/mensajes/mujeres. Pero lo real insiste, no termina de no escribirse, y la cultura dele que suene con sus máquinas escriturarias-contractuales. Pues la cuestión del sentido, que mueve y orienta, nunca deja de ser fronteriza, en disputa ¿En qué sentido? Decimos para diferir y espaciar. La acción social plástica, pero la cera aquella, desde Arístoteles a Heidegger, pasando por Descartes y Hegel, no era del todo domesticable, moldeable a piaccere, se resiste, insiste y llama a meterle mano. A ocupar antes que medir (es lo que hace el nomadismo: alisa el espacio estriado), a saber tanteando, a pasar entre la captura y el regalo, sin estar obligados a fijar contratos, a dormirse en los laureles, cuando hay sueños también mientras dormimos.

10. Para dejar de leer, y pasar de este texto, diría lo último respecto de los tres “requerimientos” propuestos por Ignacio, que puntúo así:

  1. El primero: “evaluar la distancia real que se produce entre las prácticas impulsadas por TUP y las desarrolladas al interior o al amparo de la institución Este paso debe servir de fundamento para la decisión de abandonar el curso de la institución.” Lo nuestro no es pataleo, sino ejercicio del derecho a pataleo, y en ese sentido deber, deuda como falta, lo que deseamos es porque falta, y nos permite entrar a la circulación de la palabra, del sentido que tiene hacer lo que hacemos, no solamente TUP, por favor si no de pólvora solamente tratan los inventos, sino lo que hacemos los que pensamos en lo que deseamos.
  2. El segundo requerimiento que llama “soporte pedagógico para los actores del proceso artístico que permita una interiorización significativa de parte de ellos del carácter material y simbólico del acontecimiento al que participan. A este soporte lo llamaré “pedagogía ciudadana. Puesto en otros términos, el participante debe adquirir un cierto nivel de capital simbólico que le permita adueñarse de forma más completa de los rendimientos de su participación (conciencia ciudadana o comunitaria, por ejemplo).” El derecho a pataleo, le lleva lo no-pedagógico. Con todo lo que valoro de Freire, me interesa en el arte público no lo edificante, sino lo constructivo como el rayo de Walter Benjamin, lo constructivo como traza, como acontecimiento del encuentro de lo extraño, heterogénesis en la plasticidad de la acción social. Por eso no nos interesa lograr la participación, como se dice, sino puro participar impuro.
  3. El tercer requerimiento planteado así: “Si la ‘acción social’ piensa un programa y un proyecto para una nueva ciudadanía, ésta debe ser identificada no sólo en instancias extra-cotidianas, como son las instancias abiertas por TUP. La ciudadanía debe extenderse hacia otros ámbitos y manifestarse de diferentes maneras en distintos aspectos de la vida de los pobladores: aspectos organizativos, comunitarios, relacionales, históricos, identitarios, etc.”. Estamos pensando diagramas, para seguir sin programas. Diagramas para ocupar la ciudad, escrituras nómades para pasar alisando plásticamente la acción social, tensionando los sentidos de hacer ciudad. Más vecindad que ciudadanía, más afinidades que identidades, más chispas que conducción, más encuentro que manifiesto, más rareza en cruce que único camino.

[1]           Sistema que contempla a los productores, a los medios de difusión y circulación de las obras y a los receptores y consumidores del fenómeno artístico.

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