FISIOLOGÍA

tejido

Francesca Lombardo

Stgo. Enero de 2006

“Se nos habla de una práctica singular, que es de regla en la marina inglesa. Todos los cordajes de la flota real, del más grueso al más delgado, son trenzados de tal suerte que un hilo rojo los recorre de principio a fin y al que no se puede extraer sin que el conjunto entero se deshaga, y donde el más pequeño fragmento permite reconocer que pertenece a la corona.” 

J.W. Goethe (Las afinidades electivas II Pg. 27)

Un hilo recorre, dibuja, se teje en el trenzado de la cartografía urbana, ese hilo religa las partes y caracteriza al conjunto completo. Sin que el conjunto lo sepa con lucidez, sin que voluntariamente los modos, los gestos, los detalles revelen una arquitectura abigarrada de sentidos en la que se confunden indisociablemente la parte y el todo, la historia individual y la colectiva. Cordaje horizontal, a ras de tierra, así traducimos en malicia y en ironía el epígrafe de Goethe, ése que nos sirve para encabezar este texto. Cada parte, cada fragmento permite reconocer que “pertenece a la corona”, a nuestra corona que en lo trágico y en lo cómico de nuestra historia ha rodado impenitentemente por el suelo. Corona horizontal también, de cartón piedra, de latón, de huesitos de pollo, corona que designa en primera instancia un círculo destinado a ceñir la cabeza, asentando simbólicamente la autoridad, el mérito y una pertenencia. Pero coronar también significa concluir, cerrar, finalizar; en este sentido nuestra corona deja siempre abierto el posible, lo no concluido.

El epígrafe permite entonces, aparte de la ironía, una primera asociación respecto al cordaje, el entramado que tensa y soporta, y que hace transitar en sí las señas inconfundibles de pertenencia, de territorialidad. Pero por otra parte, el título “Fisiología” remite más bien al estudio de la “PHYSIS”, la materia, la naturaleza y las funciones de los órganos y tejidos de los seres vivos. Funciones de nutrición, motricidad, sensibilidad y regulación con que la vida se administra. El cordaje, por tanto, es animado por la pulsación de los organismos que lo componen; es un cordaje físico y fisiológico, y su saber es un saber experimental, ligado al implante, la resistencia, el crecimiento y la reproducción. Historia física de materia viva, historia fisiológica de población creando territorio.

En la prehistoria, pequeñas células que emigran buscando suelo. En la historia, el implante titubeante en un sitio móvil que lentamente empieza a dibujar su encaje sobre el borde de la zona operada, en el eriazo que, a velocidad variable, permitirá la consistencia de un sitio de verdad, es decir, real. La física, como saber de la materia, es un saber trágico. La masa, la fuerza, el roce, la usura la habitan. Lo trágico radica precisamente en el espacio, en el tiempo y en la manera para el viviente de percibirlo como velocidad. Así, el cordaje, viviéndose, puebla el eriazo y lo hace por ensamblajes, mezclas y escarificaciones de los materiales. Huellas reales en el cemento o el ladrillo que no alcanzó y que fue aplazado o proseguido en artificio, en suplencia. Huellas más abstractas ligadas a una imaginería social y afectiva, que levanta una heráldica en el suelo que habita, en las crías, en los sueños que sobreviven a infinitas temperaturas. Ciencia natural de lo anónimo viviente, la substancia que la ciudad es y que por espasmos se dilata, se repliega y señala en yuxtaposición lo barroco de sus montajes.

Se trata de un remapeo, donde el agente (el artista) hace posible otra versión del levantamiento, haciéndolo rendir en trabajo actual que asegure la revitalización del hilo rojo que lo recorre, es decir, desempolvando las marcas de la subjetividad en esas construcciones. Pasiones sectoriales donde el problema es sobrevivir o, mejor aún, vivir frente o contiguo al nicho del otro, de los otros. Un arte el tomar aliento en las intersecciones, el mar de fondo frente a las plantas medicinales, el pescado frito o las sopaipillas cruzándose con las arpilleras hablantes, la desabolladura, por fin todo el hilo rojo.

¿Artes visuales querrá decir oficios del dar a ver? Si es así, tendrá que ver con exponer operaciones, aplicaciones y desenterramientos. Exhibir ante los ojos, no necesariamente en este caso los órganos visuales, sino los ojos como órganos de la memoria, de la imagen, de los afectos. Ojos que miran en la ausencia, en el fragmento y el cruce. Este trabajo me parece ligado a un hacer topográfico. Él sitia el sitio y exhibe sus amarres fundacionales, esos que comparecen encubiertos  por las funciones operativas, domésticas, cotidianas. Ésa es su forma, su manera de obligar a hablar a lo sin palabra, alterando así la mudez histórica, urbana y estética.

El artista se infiltra, permea los medios, trafica con su propia memoria los retazos colectivos, ve y mira con ensañamiento toda costura de olvido. Recolecta vistas y decires, recolecta fotografías y las devuelve transformadas en documentos, fija su atención en el relieve enigmático de las estrellas en la parte baja de un frontis, en la opulencia de los enrejados, los pórticos, las columnas. Él mira y traduce, le reintegra sentido a las defensas orlando ciertas fachadas, -defensas, como se dice de los colmillos de algunos grandes mamíferos-el elefante, el jabalí, la morsa. Interpreta y llama a la transacción, a la antigua noción del mercado en la plaza pública. Cita a los vecinos a jugar al negocio, se las ingenia para que la circulación se haga palabras, memoria e imágenes compartidas. Un ajetreo que hace relumbrar lo que es un barrio, una vecindad. La obra apuesta a la inventividad de su arte en desenterrar los cordajes, la pertenencia, el odio y el amor con que está conformado el humano hilo rojo.

 

Anuncios